Barcelona, 17-8

En aquest món tothom plora / En este mundo todos lloran
tothom plora dia i nit / día y noche todos lloran
si no les penes passades / si no las penas pasadas
les penes que han de venir / las penas que vendrán

 

-Jacint Verdaguer, poeta catalán, 1845-1902

 

Ayer por la tarde me estaba poniendo impaciente. Mi pareja y yo habíamos acabado una comida tarde en casa, y yo quería que nos escapáramos del centro húmedo y caluroso de Barcelona, donde vivimos, a lo que llamo “la montaña”: las colinas al oeste de la ciudad. Allí el aire está más limpio y fresquito, y sopla una brisa perfumada de la vegetación abundante. Y todo está accesible por metro, en un viaje de 15 minutos.

Así que salimos caminando poco después de las 17h. para coger el tren en Plaza Cataluña. Elegí una ruta por el barrio que nos haría llegar al metro en unos 10 minutos.

Mientras íbaamos por las calles estrechas del barrio, noté que algo era diferente. Había algo raro con la gente y con la energía en el aire. No vi a nadie corriendo, ningún grupo de gente saliendo en estampida; nadie lloraba ni gritaba. Nada más noté que la gente caminaba a un ritmo que era demasiado acelerado para los Barceloneses. Su lenguaje corporal se parecía más al de los estadounidenses, o del de gente de otras culturas estresadas y workahólicas, donde el capitalismo descontrolado maneja a los ciudadanos como bestias de carga.

En resumen: no se estaban portándose como barceloneses. Dónde estaba el comportamiento pacífico y seguro que emana de la gente de esta ciudad, esa energía que encontraba tan impresionante e inspiradora cuando vine aquí por primera vez?

El cambio era apenas perceptible, pero lo noté. Eso, y el patrón de tráfico: caminábamos en calles estrechas donde apenas pasaba coches, pero parecía haber demasiada gente viniendo de la misma dirección: Las Ramblas. Y casi todos estaban ocupados con sus teléfonos. Texting, browsing o hablando, todos tenían la misma expresión grave en sus caras que me alarmaba.

Pasé un veintiañero caminando solo, hablando por su móbil en catalán. Escuché algo sobre Las Ramblas pero nada en concreto. Pero su voz temblaba. Parecía asustado.

“Parece que algo haya pasado,” dije a mi pareja. “No sé qué… Pero parece que pasa algo.”

Continuábamos caminando. En un par de minutos, llegamos a la calle Pelayo, una via siempre a tope de coches y peatones, que cruza con Las Ramblas. Paramos en frente de una tienda de ropa, esperando el semáforo. Y fue entonces que vimos el tipo de seguridad en frente de la tienda.

Que hubiera un seguridad no era nada inusual; lo extraño era que le vimos detener un grupo de personas que iban a salir de la tienda, empujándolos suavemente hacia dentro mientras les decía algo. Sus caras mostraban sorpresa y miedo; se quedaron pasivos mientras las puertas correderas de vidrio cerraban en frente de ellos. El seguridad se quedó afuera, piernas apartadas en una posición defensiva, ojos muy serios, vigilando todo.

Fue justo entonces que notamos que la calle, normalmente inaguantablemente congestionada, estaba casi vacía. Los únicos vehículos presentes eran varios vehículos de emergencia que pasaban a toda hostia, y las furgonetas azules de los Mossos d’esquadra, la policía autónoma de Cataluña, aparcadas en la cruce de Pelayo con Las Ramblas, a una manzana de nosotros.

Escuchábamos los helicópteros rugiendo arriba en el cielo.

Sentí un mal en mi tripa. Una sensación familiar y terrible.

“Perdona, señor,” dije a la seguridad. “Qué está pasando?”

“Un coche atropelló a gente en Las Ramblas,” dijo.

No. No. Eso no puede estar pasando aquí. Está realmente pasando?

Empujé la palabra “terrorismo” al fondo de mi mente igual como el seguridad había empujado adentro a esa gente. Tal vez fuera un accidente. Un accidente friki de coche. Tal vez una o dos personas fueran atropellados.

Pero entonces: por qué los helicópteros por encima? Por qué la gente encerrada dentro de las tiendas? Por qué estaba cerrada toda la calle de Pelayo?

Y ahora, en la vía por arriba de Pelayo, la Ronda Universitat, normalmente muy transitada también: la misma desolación.

Me di cuenta de que todas las calles a nuestro alrededor estaban vacías, salvo los coches de poli y las ambulancias… y la oleada de gente que venía desde las Ramblas, cada vez más, hacía la dirección de donde habíamos venido.

Muchos hablando por teléfono. Casi todos parecían atontados, perdidos. Mucha, mucha gente que se parecía a turistas. Una quinceañera caminando sola, llorando.

Qué deberíamos hacer?

Decidimos quedarnos e intentar ver lo que estaba pasando.  Ya estábamos al lado de la estación de metro que habíamos querido coger, pero seguíamos hacia Plaza Cataluña, a una sola manzana.

En camino, pasamos por en frente del FNAC, el gran almacén, justo en frente de Plaza Cataluña. Vimos un montón de personas encerradas adentro, mirándonos a través de las puertas de vidrio.  Los vehículos de los servicios de emergencia estaban agrupados en la esquina en frente, en la cabeza de Las Ramblas.

Cruzamos la calle a Plaza Cataluña. Un mosso, visiblemente agitado, nos gritaba que nos fuéramos, gesticulando vigorosamente al oeste con ambos brazos.

“Fuera, fuera, váyanse de aquí!” gritó. Y entonces, añadió, frustrado: “Todos tienen que estar en Gran Vía, coño!”

Hicimos lo que nos dijo. Mientras tanto, observábamos cómo la policía trabajaba: ahuyentando a los peatones, con urgencia pero sin brutalidad; desviando tráfico; acordonando las calles; precintando paradas de autobuses y containers; todo el tiempo comunicándose por walkie-talkies.

Era como un reloj. No vimos ningún pánico, ningún caos. Qué eficacia, rapidez, precisión, y auto-control con que trabajaban, a pesar de la angustia visible en sus caras.

Angustia es lo que vimos. No rabia.

“Aún quieres ir a la montaña?” pregunté débilmente a mi pareja.

La verdad es que ya no sabía lo que quería hacer. Se me había ido la energía. El mal en mi tripa ya sentía más intenso. Sentía miedo, sentía temor por lo que nos íbamos a enterar: esa noche, el día después, el día siguiente. Sentía tristeza por quién figurara entre los heridos, entre los terrorizados, entre los muertos.

Sentía tristeza por nuestra maravillosa ciudad adoptiva de Barcelona, bella de tantas maneras: sabia, amena, culta, humanitaria, profunda. Una ciudad luchando valientemente para mantener su identidad bajo el peso aplastante de la globalización, el capitalismo desenfrenado, y el turismo masivo.

Nuestra ciudad, nuestra casa; y también la casa de catalanes nuevos y nativos, españoles, suramericanos, paquistanís, filipinos, africanos, indios, chinos, rusos, europeos, británicos, estadounidenses…

Una ciudad que abrió sus brazos a los refugiados que huían de la guerra, que reclamó al gobierno español a hacer más para cumplir su compromiso hacia los refugiados. Una ciudad cuyos ciudadanos una y otra vez acudían a las calles para manifestarse en contra del racismo, la xenofobia, la violencia doméstica, la explotación, la corrupción, las guerras ilegales e inmorales.

Esta es la ciudad que amo. La ciudad que elegí… aunque, extrañamente, cuando emigré en 2004, tenía la sensación de que la ciudad me eligiera a mi. Porque en ese momento de mi vida, me sentía enferma y vencida por la paranoia post-11-S, el belicismo, la rabia, el odio, y el autoritarismo de mi país natal.

Y la gente de Barcelona me abrió sus brazos. Su gentileza, su intrínsica racionalidad, sanidad y simpatía, me calmaba. A través de sus acciones, por su forma de ser, me enseñaban ser mejor persona.

Así que, lentamente, durante los últimos 14 años — sin que ni siquiera lo supiera — esa gente ha estado curándome. Me gustaría que lo supieran.

“Sí, vamos a la montaña,” contestó mi pareja.

Entonces caminábamos en un triángulo, volviéndonos casi a donde está nuestra casa, para llegar a la parada de metro que originalmente habíamos pasado. Ahora, las calles cerca de nuestra casa, también, estaban acordonadas y vacías de coches.

Por fin llegamos al metro. Estaba cerrado. Por supuesto. Qué estábamos pensando?

Entonces caminábamos 10 minutos más en búsqueda de un taxi. Al final paró uno. El conductor, un anciano con pelo blanco desordenado y con las cejas igual, estaba escuchando las noticias — muy malas — en la radio.

“Buenas tardes, “ dije. “Por favor, suba y déjenos en la estación de metro Provenza.”

La congestión en Gran Via era terrible, ya que todo el tráfico se encontraba desviado allí, y durante un momento, el taxi se quedó en medio del cruce de semáforo. Coches de policía pasaban a toda velocidad, pitándonos. “Por supuesto” dijo el taxista, riendo con resignación, “porque esta tarde, sólo se puede subir.”

Cuando bajamos del taxi, una mujer catalana se acercó. “Toma, es tuyo,” le dije. Me cogió por el brazo y dijo, en inglés: “Disculpad. Algo ha pasado en Las Ramblas, así que tened cuidado. Evitad esa área.”

Daba por sentado que fuéramos turistas. Me pasa a menudo porque, coño, me parezco a una turista. Conmovidos, le dimos las gracias por el detalle. Un gesto que carecía completamente de odio, histeria, o interés.

Mi pareja dijo, “Ves? Así son la gente de Barcelona. Tan simpática, tan buena.”

Y entonces el mal en mi tripa subió hasta el corazón, y me eché a llorar.