La formación de una cómica

Es difícil describir cómo se siente cuando tu madre te mira como si fueras un objeto.

De niña, y cada vez más de adolescente, pillaba a mi madre mirándome con una frialdad como si fuera un insecto que examinan en un laboratorio. La mirada de mi madre me disecaba. La absoluta ausencia de amor, y la sensación de ser vigilada por una fuerza hostil, me hizo sentir desprotegida y ansiosa. Entre eso, y los ataques de rabia que tenía, tenía más miedo a mi madre que cariño.

Los ataques de rabia daban miedo porque, cuando éramos pequeños, iban acompañados con hostias. Pero creo que la mirada me afectó a un nivel más profundo, porque chocaba con todo lo que somos programados a necesitar como seres humanos: amor y seguridad.

Cuando veía ese abismo en los ojos de mi madre, mi reacción era inconsciente y automático: me “iba”. No del ambiente físico. Me sentía volar de mi cuerpo como un pájaro de su jaula. Allí flotaba, arriba de todo, esperando, hasta que podría regresar. Mientras tanto, el “yo terrestre” continuaba ininterrumpida cualquier actividad en que estaba metida, como si todo estuviera normal.

Nunca se cruzó por mi cabeza preguntar a mi madre porqué me miraba así, o qué significaba esa mirada. No me atrevería. Además, ni una vez pensé que el problema podría ser mi madre, y no yo. Una niña percibe la realidad a través de los que están encargados con su supervivencia. Si tu propia madre te mira como si no fueras nada, aprendes rápidamente que, de verdad, no eres nada. Es así de simple. No lo cuestionas.

Para una niña, todo lo que pasa en la casa es normal. No es correcto o incorrecto; simplemente es. No tienes ningún poder a cambiar los hechos, sólo sobrevivirlos.

Lo que descubrí con mi madre es que, si pudiera hacerle reír, podría recibir de ella algo muy parecido a cariño. La chispa que aparecía en sus ojos, acompañada por esa infrecuente sonrisa, incluso risas — una bomba de felicidad, todo dirigido a mi! 🙂 Eso, para mi, era amor.

Siempre he sentido cómoda en el escenario porque siempre he estado en el escenario. Hay hasta artistas muy famos@s que nunca se acostumbran a sentirse a gusto en el escenario, y eso es de pura lógica. Pero en mi caso, el escenario es el sitio donde siento que tengo algo de control y poder. Al revés de los artistas con miedo escénico, en el escenario, me siento en paz.

Eso he sabido desde hace tiempo. Pero acabo de darme cuenta de otro detalle: que cuando estoy en el escenario, aunque me gusta estar allí, siento la misma fragmentación que sentía en la niñez. Estoy dividida en dos. Justo como en esos momentos con mi madre, una parte de mi está en el escenario, “haciendo” — cantando, tocando el piano, recordando el guión, contando chistes, recibiendo y respondiendo a señales del público — y la otra parte está anclada al techo, esperando.

Leí una vez que el inconsciente es como una cámara de seguridad que nunca deja de grabar lo que sucede. Aunque no recuerdes lo que pasó, queda allí grabado. Y al revés: aunque quisieras acceder todo el material que hay en esas grabaciones, sólo te enteras de una pequeña parte.

A menudo me siento como esa cámara de seguridad. Me cuesta recordar lo que pasó no sólo durante mis shows, pero también después, cuando algunos del público se presentan, contentos y simpáticos. Me dan las gracias por hacerles reír. Prometen volver con más gente. A veces inician una conversación. Me miran con admiración, pensando que seré la persona que han disfrutado durante una hora y pico en el escenario. Pero justo después de actuar, aún no estoy allí. Esa gente está conversando con una cáscara. Una máquina que sólo sabe monologar, no dialogar. Tengo miedo a que se enterarán de la vacía que soy. Me escapo, exhausta. Y luego, no recuerdo el encuentro.

Lo considero un milagro que pueda vivir de mi arte; encima, en un país donde no nací, en otra cultura. No pasa un día en que no recuerdo la afortunada que soy.

Pero me molesta que tantos momentos alegres se escapan en seguida de mi memoria, como agua por un colador. Para qué sirve todo esto, si no existo?