Conociendo a Kitten

kitten

Llegué al clásico restaurante mexicano, El Chavo, de Sunset Boulevard. Estaba localizado a sólo unas manzanas de donde vivía en Hollywood Boulevard con Vermont. Había quedado para conocer a Kitten Natividad, la actriz de las últimas pelis de Russ Meyer y mi primer ídolo erótico desde la primera vez que la vi.

Entré en el comedor pero no había nadie. Habíamos quedado a una hora temprana. Pasé por todo el restaurante y vi otra puerta abierta al parking. Vi una figura solitaria, de espalda, vestida en tejanos y una chaquetita, con piernas largas y delgadas. Me acerqué y dije en una voz tentativa, “Kitten?” Sí, estaba nerviosa. Estaba para conocer a la figura larger-than-life y todopoderosa que me había marcado desde la primera vez que la vi.

La figura giró y de repente estaba mirando esa inolvidable cara picaresca. Me sonrió. “Rachel?? Hello, honey!” y me dio un gran abrazo. Juntas, entramos en El Chavo.

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Cuando tenía 10 años, mis padres contrataron nuestro primer servicio de televisión de cable. Se llama “Selectavision” e iba con una llave que podías usar para restringir la programación para niños. Cada noche, mi padre metía la llave en la caja de Selectavision, hacía un giro y se iba a la cama con la llave en la mano.

Ah, el mundo de aquellos tiempos. Los tiempos pre-internet, en que un padre podía proteger a sus pequeños de sexo y violencia con un giro de una llave. Los tiempos en que el acceso a algunas realidades podía ser bloqueado con éxito… además, manualmente!

Cuando mi padre metía esa llave, dejaba imposible ver la programación más prometedora de la guía Selectavision: pelis como Calígula, Marat/Sade o cualquier de las Emmanuelle. Y, por supuesto, el prodigioso repertorio de Russ Meyer.

Recuerdo vívidamente cuales pelis se ofrecían:  Faster, Pussycat! Kill, Kill!, Beyond the Valley of the Dolls y Beneath the Valley of the Ultra Vixens. Eran títulos que intrigaban, y las imágenes que acompañaban las fichas excitaban mi imaginación aún infantil, con sus colores tan vivos (excepto Faster, Pussycat, que era en blanco y negro) y los cuerpos híper-voluptuosos de las actrices. Encendía algo en mi que anteriormente estaba dormida. Una curiosidad, y desde luego una excitación.

Pero había una actriz que destacaba sobre todas las demás, por dos factores: la energía alegre y  juguetona que exhibía en su sonrisa, y el enorme tamaño y singular forma de sus pechos. Proyectaban hacia delante como dos conos elásticos. Se parecían torpedos.

Estaba obsesionada con ver esas pelis de Kitten Natividad. Tendría que verlas como fuera. ¿Pero cómo?

Una noche, mi padre tuvo un desliz: se fue a dormir sin pasar la llave. ¡Se había olvidado! ¡Qué fortuna! Y qué, por maravillosa suerte, estaba programado para esa noche? Pues nada más que Beneath the Valley of the Ultra Vixens, la peli más explícita de Russ Meyer.

Me quedé despierta en mi cama hasta la hora prometida, me levanté y bajé silenciosamente por la escalera, teniendo mucho cuidado de no hacer ningún ruido que despertaría a mis padres. Encendí la tele con el volumen muy bajo y me senté en el suelo, muy cerca a la pantalla, para mejor escuchar.

Cuando entró Kitten Natividad en escena, iluminó el mundo. Vi cosas que nunca había visto, cosas que aún ignoraba: una escena con un vibrador, por ejemplo. Escuchaba el zumbido de una máquina pequeña y extraña cuya función no pillaba, y escuché sus gritos pero no sabía por qué gritaba. Aunque sabía que esos gritos tenían que ver con algo muy, muy prohibido.

Algo prohibido que probablemente molaba mucho. Tanto que tenían que esconderlo.

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Crié en un entorno del medio oeste de U.S.A., en la ciudad de Milwaukee. La gente era simpática pero bien conservadora respecto a asuntos del sexo. Sólo un par de años antes, volví del colegio a encontrar a mi madre sola, sentada en el sofá, esperándome con un aire ominoso. Tenía un libro en las manos. Me dijo en una voz robótica, “Supongo que te has preguntado de dónde vienes.”

De verdad, nunca me había preguntado eso. Quizás mi falta de curiosidad señalaba a una torpeza mental, pero nunca se me había ocurrido. Entonces le dije que no, nunca me lo había preguntado eso.

Mi pobre madre intentó de nuevo. “Pues, supongo que te has preguntado de dónde vienen los bebés… No?”

Tampoco. Porque siempre había dado por hecho que los bebés se generaban espontáneamente en la barriga de la mujer, como tumores. Un día, estabas normal, y el próximo, estabas embarazada. Nunca había cuestionado la caprichosa crueldad del universo, y no sé qué dice eso de mi. 

“Bueno, te he comprado este libro,” seguía en un tono terso. “Vete a tu habitación y léetelo, y cuando acabes, ven aquí y pregúntame por cualquier cosa.”

Ya que había pillado un aire de vergüenza aplastante en las palabras de mi madre, cogí el libro y me fui a mi habitación con todo mi cuerpo tieso, congelada de temor.

No podía creer lo que leía en ese libro.

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Un dibujo de una pareja que se suponía ser prototipos de padres genéricos: de piel rosa, cogidos de manos… y totalmente, espantosamente desnudos. La madre, corpulenta y de carne grumosa, con dos tetas firmes y redondas, y un copete de pelo moreno encima de sus labios vaginales. Peor aún era el padre: gordo y calvo, con una barriga de barril como la de mi propio padre, su pene como un gusano.

En fin: los dos muy feos, con ojos saltones, y sonriendo. Sonriendo, los cabrones! Cómo podían sonreír cuando sabían que estaban arruinando mi vida, forzándome a mirarles desnudos?

Me moría de vergüenza. No quería ver a mis padres, o los representaciones de ellos, desnudos. Quién cojones quiere pensar en el pene de su padre hinchándose, creciéndose, y entrando en la vagina de su madre. Jesus fucking Christ! 

Sobre todo, no quería volver a mi madre y mirarle en los ojos y hablar sobre el tema.

Salí de mi habitación. Mi madre aún estaba esperando en el sofá. Parecía que no había movido un centímetro mientras estaba en mi habitación. Le devolví el libro, mi mirada pegada el suelo.

“Bueno, alguna pregunta?” dijo. La frase se quedó en el aire como un pedo.

“No.” Miraba al lado, al papel pintado de la pared, deseando desaparecerme en la estampada. 

“Vale. Pues nada. Puedes salir a jugar si quieres.”

Y nunca hablamos más sobre el sexo, hasta que tenía 16 años y me confrontó después de descubrir mis pastillas anticonceptivas.

Sé que mi madre no sabía otra manera de educarme. Lo hizo lo mejor que sabía, teniendo en cuenta su propia falta de preparación sexual y sus enormes complejos sobre el tema. No fue su intención transmitirlos a mi. Pero es exactamente lo que sucedió.

Por eso, dos años después, ver en la tele de la familia a esa explosión de energía y pura alegría que se llamaba Kitten Natividad, sentada a horcajadas encima de un tío, cabalgándose son esa sonrisa maniática, gritando con euforia mientras sus épicas tetas torpedos rebotaban por el aire, levantó esa nube negra que oscurecía el erotismo desde esa tarde desafortunada con mi madre. No tengo hermanas pero de una manera, Kitten Natividad se convirtió en una modelo no sólo sexual pero también vital para mi. Y cuando la conocí décadas después, se convirtió en otra hermana adoptiva entre un manojo de mujeres eróticas, poderosas y divertidas que acabaron cumpliendo una parte importante de la formación vital que mi madre no pudo realizar.

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Una vez en El Chavo, pedí un mojito. Ella pidió algo sin alcohol. Había dejado la bebida, como tantos supervivientes del mundo del show.

La conversación que tuvimos duró unas horas. Reímos, lamentamos, confesamos. Todo eso fue posible porque Kitten era igual de cálida y simpática como parece en las pelis de Meyer. Le conté mi vida y ella la suya, una vida colorida y llena de aventura. Y como la de tanta gente que se arriesga para vivir la vida con que sueñan, acabó pagando las inevitables facturas.

No me sentiría bien reproduciendo aquí nuestra conversación porque sus intimidades son para ella contar. Aunque algunas historias ya ha divulgado públicamente, en entrevistas; como, por el ejemplo, el origen de la forma tan exagerada de sus tetas. Era el resultado de inyecciones de silicona de grado industrial directamente a los tejidos del pecho, en viajes a México que su entonces marido, el mismo Russ Meyer, insistía que hiciera. Años después, esos tratamientos ilegales e insanos pasaron factura a Kitten, en forma de cáncer de la mama y masectomía.

Kitten me contó eso, y otras cosas, con pena pero sin amargura. Fiel a su personalidad luminosa.

Espero que algún día escriba su autobiografía. Desde luego, es una vida tan aventurada y juguetona como su personaje del celuloide. Pero muchísimo más complicado e interesante.

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