Historia de dos Antis

La historia de Anti-Karaoke es inseparable de la mía, dado que soy su creadora. En este blog me dedico a contar mi historia. Para mi, las historias más difíciles son las que hay que contar, aunque cueste. Si no, como creadora, me quedo bloqueada y no puedo seguir adelante.

En esta historia hay dramatismo. Hay detalles que son feos, vergonzosos. Pero forman una parte clave de la historia. Y lo importante es contar la historia, no proteger ni joder a nadie.

Viene con la advertencia bastante obvia – pero no hace daño recordar – que mi historia no es LA historia; es sólo mi historia, igual como cada uno tiene la suya.

Entonces ahí va: mi historia no del Anti — ésa sería demasiada extensa para un blog — sino de los dos Antis. Si te apetece saberla, lee. Si no – otra obviedad – no sigas más. Lo importante para mi es contar la historia, no que la leas.

Un día en agosto 2012, me reuní con mi ex-marido para hablar del show en que trabajábamos juntos, el Anti-Karaoke. Oficialmente no éramos exes aún, pero habíamos decidido terminar la relación diez meses antes, en Octubre de 2011. Seguíamos trabajando haciendo el A.K., en Barcelona y en Madrid, sin que mucha gente ni siquiera se enterara del cambio de nuestro estado sentimental, porque mantuvimos una relación cordial.

Vamos: éramos súper-mega-profesionales, Motherf*ckers.

Pero una cosa no estaba bien. Por eso la reunión aquel día en agosto.

Le dije que la relación laboral era injusta. Tendría que haber cambios.  Sugerí unos. Los rechazó. Le dije que yo no podría continuar así, y que si nada iba a cambiar, que preferiría seguir sin él.

Entonces, como dicen en inglés, the shit hit the fan.

Te atreves a hacer este show sin mi? fue su respuesta. Por qué no? contesté. Es mi show. Lo ideé, monté toda la infraestructura, y desde 2005 le dedicaba la mayoría de mi tiempo. Todos los días trabajaba en el Anti. Él también trabajaba duro, unas 12 horas por día, pero en otra cosa: su revista de rock.

La cosa en que cada uno se dedica su tiempo y energía es su trabajo, dije. El Anti es mi trabajo. Tu revista es tuyo.

Su respuesta: no podía vivir de su revista.

No podía vivir de su revista? Pero su revista le daba un sueldo cada mes. No un sueldo de millonario, pero bastante para vivir. Yo misma gano menos que lo que ganaba con su sueldo. No sé; cambiar su estilo de vida? Comer más en casa? Qué me importaba?

Esa fue la pregunta: por qué tendría que ser mi problema? Ya no somos pareja. Arréglalo. Arregla tu negocio, y deja de vivir de mi.

Evidentemente no lo vio así.

Me dijo que si yo hiciera el Anti sin él, que enviaría un mail destrozando mi carácter a toda la gente que disfrutaba el show. Que me dejaría sin amigos y sin público, y que montaría – en sus palabras – “un karaoke para hacerte competencia”, en la misma ciudad, y que me hundiría.

En ese momento se acabó la amistad definitivamente.

Éramos una de esas parejas que seguían siendo amigos después del fallecimiento de la relación sentimental. Pero en ese momento, quedaba claro que su dependencia de mi lo había contaminado todo. Preferiría destruirme que buscarse la vida y dejarme seguir adelante. Lo entiendo completamente. Es una reacción muy común en las relaciones dependientes. Lo he visto muchas veces.

Pero hice marcha atrás. Y todo siguió igual.

Después de esa reunión, exigió que fuéramos a la oficina de patentes y marcas y que añadiera su nombre a la marca. (Sólo figuraba mi nombre.). Al llegar a la reunión, los abogados nos enseñaron un fax, enviado por su padre, que contenía las indicaciones sobre cómo efectuar el cambio.

Esa reunión abrió la puerta a esta situación confusa y, para algunos, absurda, de haber dos Anti-Karaokes en Barcelona.

Pero realmente importa tanto el nombre?

Anti-Karaoke es solo un nombre. Cualquier de nosotros ahora podemos montar una clínica veterinaria, un bar tontín de gin-tonics o un locutorio y llamarlo Anti-Karaoke. Es sólo un nombre.

Eso fue hace un año y medio. Entonces los que me comparten ahora su simpatía (real o falsa, aunque agradezco los reales), llegan un año y medio tarde. No había manera de saberlo, pero he estado llevando un peso en mi espalda durante todo ese tiempo. Un temor que frenaba mi impulso a hacer lo que tenía que hacer.

Desde aquel día en agosto, me he sentido como una bestia de carga trabajando en propio show. Como una mula. Porque literalmente, estaba cargando con otra persona, y el miedo que sus amenazas me provocaron.

En aquellos tiempos, estaba mucho más delicada psicológicamente. Me encontraba sola y frágil. En aquellos tiempos, no había nada que quería menos que empezar de cero, en un ambiente hostil, y más, con mi érase-una-vez-amor convertido en enemigo. No creía que tenía la fuerza para asumir todo eso.

Como resultado, durante el último año y medio, he existido en un estado de depresión laboral y bloqueo creativo. He llegado a mi propio show con desgana, sintiendo que llegara a algo muy lejano a mi, algo para que no sentía casi nada. He hecho tantas pruebas de sonido en que apenas salía mi voz, en que apenas podía abrirme los ojos.

Lo único que me sacaba de ese pozo era ver a los habituales que venían, antes de cada show, a echar una mano con el montaje del show: Alex, Luis, Gloria, José María, Siol, Xavi. Luego, mantenía el ánimo charlando y echando unas risas con la fotógrafa María y el videógrafo Iván en el camerino antes del show.

En la improvisación, hay un principio básico: en inglés, “act as if”. O sea, pórtate como si fuera de verdad. Pórtate como si tuvieras entusiasmo por tu propio show. Pórtate como si estuvieras feliz. Pórtate como si quisieras estar aquí.

Lo hacía, semana tras semana: el show antes del show. Para ellos, pero sobre todo, para mi. El pre-show para los habituales era la cama elástica que me ayudó a entrar en “la zona” para que pudiera llevar a cabo 3 horas de exhibición eufórica. Y funcionaba, damas y caballeros. Porque soy un puto profesional.

Desde que corté la relación laboral con mi ex, me ha vuelto el entusiasmo por el Anti. Ahora siente como mi show. Lo disfruto más que nunca. Si los habituales quiere venir a apoyarlo, bien. Si no, bien también. Contagiará a más gente. Siempre se renueva, mientras sigue siendo el Anti.

Volviendo al tema del drama: quien tiene la culpa del año y medio pésimo que me he pasado? Estoy predispuesta a decir “yo”, pero quizás no la tiene nadie. Quizás la culpa viene de la dependencia. Mi ex-marido se había formado una dependencia de mi, o si prefieres, del show. Pero sin mi, no había show. Yo era el Anti. El Anti era yo. Y yo, de una cierta manera, dependía de tenerle allí, y desde luego no como una figura hostil.

Mi situación personal es especial. No tengo familia que me puede ayudar. Padres en quien puedo confiar. No estoy en “mi” país (aunque considero donde estoy mi mundo). No tengo red de seguridad. Mi ex y sus padres eran, salvo mi hermano, mi única familia en el mundo. Daba miedo perderlos o, peor aún, tenerlos en mi contra.

Ahora me han dicho que alguien ha escrito una historia del “Anti” en que no figuro en ninguna parte. No menciona mi nombre ni una vez. Quién ideó el Anti? De las necesidades sociales y psicológicas de quién salió la inspiración? De nadie. Como la formación del universo: de la nada, todo.

Me da igual. Mentira: me hace gracia. Me parece risible, soviético.

Soy cómica, y mi primer instinto es reírme de las cosas absurdas. Dan sabor a la vida. Sobre todo, placer. Es más placentero reírse que cabrearse. Y la vida es muy corta.

Lo que he aprendido también en mis seis vidas en dos continentes es que nada es para siempre. Ni una relación, ni un show. Todo está en flujo. Nada se queda parado, aunque intentemos frenarlo. Lo bueno es que siempre hay más adelante. Siempre hay campo abierto.

Mucha gente que sólo me conocen a través del Anti no saben eso, pero siempre he montado Anti-Karaokes, de una forma u otra. La gente que me conocen de mi pasado en New York, Los Angeles o aquí, todos tienen la misma percepción de mi: que soy una cabecilla de la creatividad callejera. Siempre he montado shows que animaban y reunían el talento alrededor, que sean amateurs, profesionales, o entremedio, y creaban comunidad a través del cachondeo, música, cuentacuentos, pero sobre todo: desnudarse en frente de una audiencia.

En Los Angeles esos shows se llamaron “Discotown” en el entonces 1160 Lounge y “Blintzkrieg” en Canter’s Kibbitz Room. En Barcelona se llamaban “Festival Open Mic”, “Anti-Karaoke“, “Cabaret Degenerat“, “Let’s Get Mugged” y “That’s F*cked Up”.

Es lo que hago. Me viene naturalmente porque es algo que necesito. No puedo evitar crear estos shows. Creo estructuras para la transmisión del arte, personalidad y cultura. Cogen su propia vida, y siguen.

Estoy agradecida por mi vida aquí en Barcelona. Mi vida en Madrid. A la gente de las salas Sidecar y El Sol, que ha continuado a confiar en mi y echarme una mano durante esta etapa movida. A mi nuevo barrio del Raval, que me mantiene entretenida y feliz. A mis locales favoritos. A mi profesora de cante flamenco. Todo un mundo que se abrió a mi gracias a un guitarrista de pelo largo y espíritu libre. A Felipe de Gipsy Lou por ofrecer comprarme un puto piano de pared… y joder, hacerlo. ¿¿Quién hace eso??? A Joan de bar Robadors 23 por regalarme su piano de pared la primera vez que entré allí. A mis vecinos, abuelos, que nunca se quejan cuando toco mi piano de pared en mi piso hasta la medianoche. A la gente que viene a mis espectáculos en cualquier sitio o que me siguen en internet. A mis amigos. A mis amigos. Incluso a mi ex por haberme traído aquí, a esta maravillosa vida mucho más sana que la que tenía en U.S.A.

Y le perdono por lo que hace ahora — no por montar un karaoke en Barcelona, sino por el espíritu en que lo ha montado — porque está sufriendo mucho, aún, de la dependencia. Espero que todo se solucione para él y que encuentre paz, éxito, y alegría de verdad.

En fin (por si hayáis seguido leyendo este larguísimo tocho):

Disfrutad del Anti, cualquier que preferáis, mientras esté. Un día, no muy lejano, todo esto se acabará.

Saboreemos los momentos que nos hacen sentir vivos. El Anti nos regala muchos.

Quiero que el Anti siga adelante. Quiero que la gente experimente el Anti — cualquier de los dos — de una manera pura: porque se lo pasa bien, y no porque se ha puesto al lado de uno u otro. Vivirlo sin malos rollos o dramatismos (aunque siempre habrá gente que goza precisamente de eso).

Quiero que disfruten el Anti por el Anti, por la positividad que ha inspirado en tantas personas durante tantos años.  Ha inspirado a la gente a formar grupos. A cantar profesionalmente. A hacer el salto necesario en su curro. A dejar su curro.

A enamorarse. A casarse. A separarse. A dedicarse a lo que realmente quiere hacer en la vida.

A dejar de mentirse. A valorarse. A despertarse.

Mientras escribo estas palabras, me llega a la cabeza lo siguiente:

Qué importa lo que quiero, al final? Que la gente haga lo que quiera. Está fuera de mis manos, igual como el Anti. Es algo que ideé pero ya ha cogido vida propia. Existe de una manera distinta en la cabeza o corazón de cada persona que lo quiere o que lo ha querido.

Y por eso, en cierto modo, jamás ha sido mío.