La obra de la familia

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No veo la familia como una amalgama de individuos. La veo como un reparto al servicio de una obra de teatro. Cada miembro de la familia tiene su papel, y juntos, a través de sus respectivos papeles, todos transmiten una narrativa: la narrativa de la familia.

Se acuerda tácitamente que cada familiar está obligado a cumplir su papel. Hacer el contrario no sólo desestabiliza la narrativa, pero pone en duda la legitimidad de los otros papeles familiares también. Cuánto más autoritaria sea la familia, más rígidos son los papeles, y más duro el castigo por desobedecer los requisitos del papel.

Hay familias liberales, basadas en valores humanos, que parten de una base de respeto hacia todos los miembros, incluso los más pequeños. Ese tipo de familia tiene toda mi admiración y — admito — envidia y añoranza. Porque sólo he conocido lo opuesto: una familia autoritaria.

En la familia autoritaria, los padres son los personajes principales y dominantes, y los hijos son los subalternos. La insubordinación de parte de los subalternos se considera un atentado contra la familia. Más explícitamente: un acto de rebeldía contra los dominantes, que se consideran a si mismos como los Reyes de la familia (aunque “dictadores” sería la palabra más adecuada). Y sí: se lo toman como algo personal.

En casos excepcionales, algún familiar hace lo impensable, y comete el motín por excelencia: abandonar a la familia. Esto es un pecado tan imperdonable como él del apóstata. Tiene sentido que las religiones fundamentalistas destierran o matan a sus apóstatas; su poder depende de la fe incondicional y la obediencia absoluta de sus seguidores.

Volviendo a la metáfora de la obra: el familiar que se marcha es como el actor que abandona la obra en medio de la función. Ese actor deja plantados a sus compañeros, que se encuentran dirigiéndose a un vacío en el guión, un guión que ya no tiene sentido.

El público se enfurece. Se sienten engañados, timados. Vinieron esperando una historia lógica y reconocible, con una cierta previsibilidad, y en su lugar, han encontrado una escena de chaos. 

El público es como la sociedad. Necesita un guión ordenado, con los papeles de los individuos que componen la colectiva — que sea la familia o una entidad más grande — bien definidos. Si todos empezaran a cuestionar sus papeles, pues, no sólo la familia cambiaría, pero la sociedad dejaría de funcionar de la manera de que estamos acostumbrados. Habría anarquía.

Los poderes que mandan en este mundo — los estados y las grandes corporaciones — sólo han conseguido el poder casi absoluto que disfrutan con nuestro permiso, que sea tácito o de otro modo. Y la cooperación tan fácil del pueblo se debe a una multitud de individuos rotos que no se atreven a cuestionar, a reclamar su autonomía. Individuos que, en el fondo, no creen que merecen más que lo que tienen, porque simplemente, así piensan las personas rotas. No piden más porque no creen que merecen más. Y quién les rompió para dejarlos así?

La familia.

En el caso de la familia mía:

Los papeles fueron estructurados de una manera que se ve a menudo en las familias autoritarias. Los padres tenían poder absoluto, aunque uno parecía más simpático y comprensivo que el otro (eso era simplemente parte de su papel de mantener el escaparate limpio para el público, e incitador de la mitad más obviamente patológica del matrimonio). El hijo mayor, producto de un matrimonio anterior de la madre, fue, desde el primer momento, designado el chivo expiatorio. Éste recibía la negatividad de los padres. Y los dos hijos pequeños — “verdaderos” hijos de ambos padres — eran los “niños dorados”. Recibían el cariño y apoyo de los padres bajo la condición que hicieran justo lo que los padres esperaban de ellos, lo cual era mantener la imagen positiva de la familia: destacarse en la cole, en deporte, caer bien a los demás. Pero una vez desobedecieran los directivos de su papel, los niños dorados serían rechazados, y convertidos en chivos expiatorios, igual como su hermano mayor.

Ha habido un desplazamiento en el reparto: mi papel ha cambiado, y ahora hay dos chivos expiatorios. Queda sólo un niño dorado.

Mi estatus como niña dorada siempre era tenue, porque cuánto más crecía, más envidia mi madre me tenía. Notaba que mi madre me veía como una amenaza cuando entré en la adolescencia. Entonces, quizás mi nombre más acertado sería “niña de latón”. Cuando empecé a padecer comportamientos “inaceptables” como un trastorno alimentario, inestabilidad emocional y un bajón en mis logros académicos, incumplía mis obligaciones a reflejar bien a la imagen de la familia. Y entonces mis padres empezaron a tratarme con hostilidad.

Desde que me fui a vivir en otro estado para proseguir una carrera universitaria — una decisión consciente, que ya sabía que el ambiente familiar era tóxica — mis padres me sometían a una serie de castigos que, en su momento, parecían irracionales: juegos mentales, agresiones pasivas, ataques directos. Reclutando a otros familiares en mi contra. Y yo, no entendiendo de dónde venía ese trato, aún creía que tenía el poder de cambiar su actitud hacia mi.

Aún no estaba consciente del guión. No pillaba que ese ya era mi papel: el saco de boxeo. El chivo expiatorio. Entonces seguía intentando… y sólo me hacía daño. Porque empecé a interiorizar la hostilidad de mis padres. Mi autoestima, que nunca era una maravilla, estaba por los suelos. Caía en comportamientos autodestructivos. Elegía compañeros románticos abusivos o adictos. Cuando se presentaba una oportunidad atractiva, la ignoraba, o la saboteaba.

Era una persona rota. Y eso me indignaba, porque nunca me apunté a serla.

La vida que quería no se parecía a la vida que estaba viviendo. Y la indignación que sentía al descubrir esa verdad me llenó de fuerza para hacer unos cambios drásticos.

Decidí que no iba a cumplir un papel masoquista que conducía a mi destrucción. Los castigos resultantes me ayudaron a reconocer la realidad: que yo formaba parte no de una familia en el sentido tradicional, sino de un sistema patológico que había moldeado mi realidad, y la persona que era, desde mis primeros momentos.

Una vez supe eso, me di cuenta de que podía rechazarlo sin el permiso de nadie. Que podía ponerme a construir mi propia realidad: una realidad sana, luminosa y feliz que me ayudaría a florecer.

Pero sólo podía hacerlo apartándome por completo de mi familia.

Entonces lo hice. El proceso de alejamiento duró más de una década. Hubo deslices, hubo momentos de duda, y muchos momentos de esperanza falsa que enturbiaban mi camino. Pero eran necesarios, porque cada vez que volví, sufría las consecuencias por haber abandonado la obra: un trato cruel, manipuladora, y mezquina, el reclutamiento de terceros que me acosaban por email, y lo peor: chantaje emocional a través de despiadados abusos infligidos a un inocente tercero que quería mucho.

Todas esas experiencias dolorosas a lo largo de la última década me hicieron ver claramente la verdad: que en la obra de mi familia, la familia autoritaria, el guión no cambiará nunca. Aunque destruya a los actores, el guión, como el Gran Hermano en “1984”, es todopoderoso.

Tan poderoso que mis otros hermanos — sobre todo, el más joven — ni son conscientes de él. Piensan que son libres. No saben por qué son tan infelices, tan enfermos. El más joven va buscando, siempre, los culpables de su miseria. Suele ser gente ajena que no tiene nada que ver con él: celebridades, inmigrantes ilegales, minorías, feministas, gente progre, el cajero del súper… y por supuesto, yo.

El mayor, el chivo expiatorio, ve a los padres como la causa de su miseria, pero al nunca haberse apartado de ellos, está destrozado, y nunca se escapará. Sus adicciones y trastornos psicológicos han sido muchos e intransigentes, y al final, ha vuelto psicótico. Hoy en día, cumple fielmente su papel de reaccionar agresivamente cuando mis padres, y el niño dorado, le clavan. Los dos hacen justo lo que el guión de la obra familiar espera de ellos: ir tropezando, vendados, disparando al aire.

Es trágico. Me saltan las lágrimas mientras escribo. Pero he aprendido, de la manera más dura, que no les puedo rescatar. No se puede reescribir el guión de la familia; no permite revisiones. Lo único que uno puede ser es extraerse del reparto. Sanearse. Y escribir un guión nuevo.

Y eso le toca a cada persona que de repente se despierta y se encuentra atrapado en una obra familiar infernal.

Si esta entrada haya ayudado a alguien que procede de orígenes autoritarias a aclarar su verdad, o sentirse respaldad@… estoy feliz.