Historias de Terror de Mi Puto Ex-Gestor

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Hace casi seis meses un teatro importante de Madrid contactó conmigo. Quería que viniera a hacer mi espectáculo “Planeta España”. Deleitada, dije que sí.

Bueno, pasan los meses y vamos preparándolo. Yo, puliendo el monólogo en Valencia en el Circuito de Café-Teatro, pensando en nuevos gags, etc. El gran artista Sergio Mora diseña un precioso cartel. Voy hablando con la coordinadora de programación. Estamos de muy buen rollo. Voy a visitar el teatro para ver la sala hace un par de semanas.

Mientras tanto, tengo unas dudas que requieren la ayuda de un buen gestor. Digo “un buen gestor” porque los gestores de aquí, por mi experiencia, suelen ser agentes de tramitar papeles y nada más, desde luego no ofrecer ningún consejo u opinión experta.

Pues pregunto por Facebook y mis amigos me recomiendan una cantidad de gestores o abogados. Visité un par de ellos, los cuales me refieren a otro que sería más adecuado, quien me refirió a otro que sería más adecuado… en fin, acabé con un gestor que llamaré M.

Mi primera visita con M. fue fructuoso. Me aconsejó detalladamente y pacientemente sobre varios temas sobre los que tenía preguntas. Era más de amable. Tanto que me parecía un poco raro. Al contraste con el gestor amable pero gris que tenía antes, M. parecía sufrir de una clase de verborrhea. Tenía un punto maniático. Repetía el mismo concepto varias veces, como si no pudiera salir de un bucle de habla. Lo cual puede ponerse pesado cuando se trata estar reunidos en un espacio cerrado durante más de 10 minutos.

Otra bandera roja: cuando le dije a qué me dedico, me dijo, “Ah! Eres monologuista? Yo también lo fui. Trabajaba mucho en el teatro!”

Mal señal. Te lo dicen para demostrar que tienen empatía hacia tu rollo, pero más veces que nunca, son unos frustrados, te tienen envidia, y te agobian con frasesitas graciosillas que te dejan sintiendo incómoda.

O que te agobian con sus ideas “creativas”. Y eso es lo que hacía M. constantemente: inyectar la frase, “Eso podría ser un gag para tu monólogo, verdad, Raquel?”

Nunca son graciosas los ejemplos. “Una vez tuve un cliente cubierto de tatuajes. De eso podrías hablar en tu monólogo, Raquel! -Sí, te dan tantos papeles que firmar que te vuelves loca. Es para hacer un monólogo sobre eso! -Ah, se cayó el boli al suelo; qué locura. Eso podría salir en tu…”

Pero la verdad es que, en el momento, ni pensé dos veces en eso. Estaba agradecida por su simpatía y por lo claro que explicaba las cosas a un inútil económico como yo. Pensaba que había tenido suerte con este gestor.

Ya estamos en mayo y tengo una duda preocupante sobre mi trato con ese teatro. Se lo cuento, le enseño la información a que tiene que refirirse, hablamos de mis opciones, y él me promete estudiarlo y volver a reunirse conmigo.

No oigo nada de él en una semana, entonces le llamo. No está allí pero dejo un mensaje en su contestador. Nunca me devuelve la llamada. Me ocupo con trabajo en Valencia y un viaje de finde, de descompresión, a Granada.

Al final de mi viaje de Granada, me llega un mail del teatro con 6 o 7 documentos que necesito facilitarles en seguida. Lo envían el lunes, pero dado que estoy desconectada de mi email, no lo veo hasta el martes. La actuación es el viernes.

Veo lo que me piden y me entran ansias. Voy directamente a M., el gestor, y le enseño el mail. Están pidiéndome documentos que nadie me ha pedido nunca. Desconozco por completo algunos. Y quieren que lleguen antes del viernes. No es posible cumplir con todo eso, él me dice. Estos documentos tardan una semana en tramitar. Pero me dice que no me preocupe, que lo solucionará con la gente del teatro.

Saca un papel y empieza a apuntar la dirección email de la empleada del teatro que me envió el mail. Cosa que me extraña ya que estamos en el año 2014 y copiar y pegar es la manera más eficaz y menos arriesgado que copiar a mano. Pero cada uno tiene su estilo. De todos modos, digo, “Por qué no te reenvío el mail? Sería más simple así.” Insiste en apuntar el mail pero le reenvío el mail de todos modos, y le aviso que se lo he reenviado.

“Les llamarás ahora, verdad? Que es el martes por la tarde y tengo que actuar el viernes.”

“Sí, no te preocupes. Ya me pondré a hablar con ellos y te llamaré,” promete.

Son las 4:30 de la tarde. No me llama esa tarde. Ni la mañana siguiente. Mientras tanto, me han llegado más mails del teatro. Que quieren una respuesta. Quieren los papeles.

No me atrevo a contestarles porque el gestor está en ello. No quiero meter la pata. Nerviosa, llamo a M. Son las 11 de la mañana del miércoles. Contesta su colega. “Dile que ya le llamaré,” oigo decir la voz de M. en el fondo. Cuelgo y espero. Las horas pasan. La hora de comer viene y va. Ya estamos en la tarde. Me están llegando más mails del teatro, cada vez más tensas. “Nos dices algo??” me reclaman. Mi estómago empieza hacer un nudo. Estoy

Necesito saber en qué está. Están en medio de charlas? Ha podido contactar con ellas en primer lugar? No tengo ni idea de nada. Necesito un “progress report” ya porque otras gestiones que tengo que hacer, YA, depende de mi estado de papeleo con este teatro. Y con el tiempo que pasa, me siento cada vez peor no contestarles.

A las 5 por la tarde vuelvo a llamarle a M. De nuevo, su compañero contesta y dice que él está fuera de la oficina. Le explico que es urgente y que necesito que me diga algo. El compañero, amablemente, me pasa otro número de teléfono. Lo llamo y M. contesta.

“Sí, Rachel. Qué?”

“Qué???” Hay cosa más irritante que cuando un supuesto profesional te promete comunicar algo que ambos sabéis es importante, no cumple, y luego, ya que tú vas detrás de él en un estado de nervios, te vienen con “Hola. Qué quieres?”

O sea, un caso de amnesia muy conveniente.

Y luego, esperan a que tú les expliques desde cero como si no hubiérais tenido esa hora de conversación el día antes. Esperan que tú compartas, y cumples tu papel, en su mundo loco.

Y para no fastidiar la situación — porque ya estás rallada y porque sabes que algo huele mal — cumples las expectativas y les explicas todo, como un idiota.

M. me dice: “Ah, sí. Les envié un mail explicándolo todo, pero se ve que apunté mal su dirección, y el mail fue devuelto. Puedes volver a decirme su dirección de nuevo?”

Pauso y respiro. Mi corazón está latiendo a truenos. El idiota tiene el mail original. Con no sólo la dirección de email, pero con la dirección de calle, y dos números de teléfono. DOS números de teléfono.

Hablo en voz baja y controlada. “Me estás diciendo que no les has hablado nada en estos dos días?”

Se pone a la defensiva en seguida. “Mira, Raquel; tengo muchos clientes. Llevo dos días muy liados. Te he atendido amablemente. No puedes esperar a que…”

“No puedo esperar a que cumplas con lo que es simplemente tu trabajo? Me has dejado dos días en vilo, mientras me acribillan con emails porque pienso que estás hablando con ellas, me dices que me llamarás esta mañana y no me llamas–“

“Raquel, estoy ocupada. No pude atenderte esta mañana.”

“Y me dijiste que ya me llamarías, y no me llamaste. Y estoy esperando todo el día, hasta que tengo que llamarte a ti a tu número directo… para que me digas un montón de excusas? Han pasado dos días, tío! Y no me dices nada??”

Me lanza una excusa patética más. Le contesto algo en plan, “Lo mínimo es, cuando prometes que vas a comunicar con tus clientes, tienes que hacerlo, por pura cortesía.”

Eso de “por pura cortesía” le hace volver loco. Claro, nada enfurece más a una persona informal que la acusación de que es informal.

Entonces M. suelta esto, casi gritando: “Mira, Raquel, te he atendido amablemente. (Como si me hiciera un favor, atendiéndome!) He cometido un error. Soy catalan, vale? y quizás no te gusta, pero soy catalán, y si te molesta que sea catalán—“

“Qué?????” le interrumpo. “Qué estás diciendo? Estoy perdida. No entiendo.”

“Mira, soy catalán, y si eso te molesta, pues entonces el problema es tuyo.”

“Qué dices???” Estoy alucinando.

Click. Me ha colgado.

O se cortó la llamada. Pero creo que no. La cobertura estaba bien. Le vuelvo a llamar, al mismo número.

Rrrrring. Rrrrring. Rrrring… No contesta.

Llamo su despacho. Contesta el compañero. Le cuento que creo que su compañero ha perdido los papeles y me ha colgado el teléfono mientras estábamos en medio de una conversión sobre un asunto extremadamente urgente. “Me ha colgado, y me ha dejado colgada. Y ahora no me contesta el teléfono. Ahora necesito que me hagas un favor: llámale, y pregúntale si ha vuelto a enviar el mail a la gente del teatro, y si me puede enviar una copia del mismo mail.” Porque por supuesto, siendo el chapucero que era, no me copió en el mail original.

El compañero me dice que no está cómodo con la situación, que se siente en medio…

“Sí, lo estás. Y eso es por culpa de tu compañero, que es poco profesional. Por favor, hazme este favor.”

Lo siguiente que hago es visitar el despacho. Necesito hablar con M. Necesito preguntarle por si realmente me quería colgar el teléfono, y qué quería decir con esas frases sobre “ser catalan”.

Pico en la puerta y la abre… M. Su cara de susto cambia a una falsa sonrisa. “Hola, Raquel. Con qué te puedo ayudar?” Como si nada de esa locura hubiera pasado hace menos de una hora.

Típica maniobra de los locos. Te piden hacer ver que no han hecho nada loco. Para que ellos no tengan que enfrentarse con el mal que hacen, te exigen ser actriz, tapándolo todo.

Creedme. Soy hija de alcóholicos.

Anyway… le sigo por el despacho. “Con qué me puedes ayudar? Bueno, me gustaría saber en primer lugar qué ha pasado ahora mismo. Me has colgado el teléfono?”

Mirada de irritación. “Mira, Raquel, estoy con mil cosas. Tengo clientes esperando…”

Le repito la pregunta. M. va moviendo de un escritorio a otro, como una rata atrapada, cogiendo papeles y moviéndolos a otro lado. Es una oficina abierta. Hay una chica filipina esperando en una silla. Una habitación cerrada, con 2 clientes que puedo ver por la ventana.

“Pero te volví a llamar y no cogiste el teléfono. Parece que me colgaste el teléfono. Eso es profesional?”

“Por favor, Raquel, estaba acabando la comida, tenía mi mujer al lado [[[tiene una mujer??? Dios…]]], llevo un día muy liado, por favor, siéntate y espérate y te atendré…”

Sus excusas no tenían sentido, así que ya tenía la confirmación de que, sí, me había colgado el teléfono.

“No hace falta que me atiendas. No voy a volver aquí. Sólo una pregunta más, porque realmente me muero de curiosidad: qué querías decir con el comentario sobre ser catalán?”

“Nada, Raquel, nada. Eran frases mías…”

“Pero eran muy fueras de lugar, no? No tenían ninguna relación a la conversación. Por favor, dime lo que querías decir.”

Y, increíblemente, me contesta:

“Bueno, Raquel, anoche me puse a mirar tus videos en YouTube y vi que te metes con los catalanes.”

Estaba sin palabras. Sólo pude decir una sílaba:

“Wow.”

M. soltó una sonrisa sarcástica. Repitió mi palabra: “Sí. Wow.

“Entonces,” le dije, “me has puteado así porque te mosqueó un vídeo mío en YouTube?”

Claro que no dijo que sí. Tartamudeó la respuesta de siempre: que estaba ocupado, que tenía clientes esperando.

Con todas sus negaciones, confirmó todo lo que temía: que me había colgado el teléfono, y que su actitud hacia mi, y entonces su trato también, había cambiado después de ver lo que hago.

No digo que me dejó colgada a propósito. No digo que me puteó como venganza por mis videos. Esas cosas no se puede saber. Pero sus palabras desde luego no ayudaron. Vinieron directamente como respuesta a mi disgusto: “Ah, vas a criticar como hago mi trabajo? Pues te voy a acusar de odiar a los catalanes.”

Patético.

Hay gente tan corta de mente y experiencia que simplemente no pueden con el hecho de que haya gente que piensan de una manera distinta de ellos. Y que se expresan claramente, con la cabeza levantada, no como la delgadita filipina hundida en la silla en la puerta.

La gente que viene a mis shows ya saben adonde se meten. Pero fuera de esa burbuja, me encuentro con la gente de la otra burbuja.

Y aquí, es esa burbuja de cataluña cerrada, la burguesía podrida, mezquina. Cataluña patética. Cataluña de pensamiento único, que no puede concebir que una extranjera que vive entre ellos diga lo que piensa, abiertamente.

En Madrid es otra burbuja. En Valencia hay otra. En U.S.A. hay otra. Pero todo viene de los mismo: de una carencia de personalidad. De pensamiento corto.

La oficina de M. está en medio del Raval filipino, pero parece que no ha aprendido nada de eso. Yo vivo al lado de su despacho y estoy acostumbrada a la diversidad de gente, culturas y perspectivas del barrio. A la tolerancia. Al buen humor. Me siento libre en ese barrio.

Pero más que eso: M. era un chapucero y un desequilibrado. Un puto loco.

Final de la historia: perdí el bolo. El teatro lo anuló porque no pude cumplir con el papeleo. Cosa que igual habría pasado si M. hubiera hecho su trabajo en primer lugar… pero por lo menos no habría pasado estos últimos dos días arrancando la mitad de mi pelo.

Por el lado positivo: aunque esté media calva y sin faena este finde, aunque estoy hecha polvo al quedarme como mierda con el teatro… quizas tengo una nueva historia “para meter en mi monólogo”. Quizás.

Aunque preferiría que fuera otra, de verdad.

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