No debes nada a tus padres

Vuestros hijos no son vuestros hijos.

Ellos son los hijos y las hijas de la Vida que trata de llenarse a si misma 

Ellos vienen a través de vosotros pero no de vosotros. 

Y aunque ellos están con vosotros no os pertenecen. 

Les podéis dar vuestro amor, pero no vuestros pensamientos. 

Porque ellos tienen sus propios pensamientos. 

Podéis dar habitáculo a sus cuerpos pero no a sus almas, 

Pues sus almas habitan en la casa del mañana, la cual no ser puede visitar, ni tan siquiera en los sueños. 

Podéis anhelar ser como ellos, pero no luchéis para hacerlos como sois vosotros. 

Porque la vida no marcha hacia atrás y no se mueve con el ayer. 

Vosotros sois los arcos con los que vuestros hijos, como flechas vivientes son lanzados a la Vida. 

El Gran Arquero ve la diana en el camino del infinito, y la dobla con su poder y sus flechas pueden ir rápidas y lejos. 

Haced que la forma en que dobléis el arco en vuestra manos sea para alegría. 

El también, además a amar la flecha que vuela, ama el arco que es estable. 

-Kahlil Gibran, “El profeta”

No he querido escribir este post. 

Este post es algo que era necesario para mi escribir durante años. Pero no lo he querido. Y aún no quiero. Porque se trata de un asunto tan amargo que llega a ser tabú en la sociedad, y más aún dentro de la cultura mediterránea. Y prefiero estar tranquila y feliz.

Para sentirme bien, es necesario no mirar atrás.

Pero a veces salen a la luz demonios que te arrancan de tu paraíso tan cuidadosamente montado. Y hay que reconocerlos o no te dejarán en paz.

Dirijo este post a la gente que sufre de maltrato familiar. 

Estamos acostumbrados a tratar con el tema de maltrato dentro de una relación sentimental; específicamente, del hombre hacia la mujer. Hay todo un debate sobre la naturaleza del maltrato en una pareja sentimental a que no voy a entrar. Mi propósito es poner luz a una clase de relación abusiva que apenas recibe atención: el abuso emocional entre familiares. 

Qué se debe uno al otro, sólo por el hecho de ser “familia”? Cuáles son las obligaciones de familiares? Hay límites? Si los hay, dónde están?

Voy a ser franca: no me interesa leer los consejos de la gente que tiene la buena fortuna de gozar de formar parte de una familia más o menos “normal”. Ya sabemos que ninguna familia es “normal”; que todos los miembros tienen sus peculiaridades, imperfecciones, y momentos difíciles. Que cada familia pasa por buenos momentos y malos. 

No me interesa leer las lemas de siempre, de tiempos ajenos y mundos desaparecidos que no tienen nada que ver con mi realidad, ni el asunto a que voy. No me interesa escuchar por enésima vez clichés sobre “la sangre”. El mundo es complejo y la sangre es sobrevalorado. Lo que importa es el corazón.

Mi post está dirigido a la gente que vive una realidad bastante distinta de la común. Me refiero a una realidad de madres que no quieren a sus hijos. Padres que abusan sexualmente o sentimentalmente de sus hij@s. Gente que no sabe relacionarse sin abusar a los que están más cercanos. Gente adicta que se niega a reconocer o tratar su adicción, o que padecen de trastornos psicológicos o de personalidad que les convierten en monstruos. O sea: gente que debería comportarse como “familia”, pero por una razón u otra, son incapaces de hacerlo.

La gente que tiene estos ejemplos como su referencia de “familia” es gente que siente extraterrestres cuando llega el Día de la Madre (o del Padre) con sus miles de anuncios acribillándoles con frases hechas sobre el amor incondicional o los a quienes lo debemos todo. O los posts de Facebook de sus amigos compartiendo agradecimiento por los sacrificios y el amor infinito de mamá. 

Eso es lo normal. Así debería ser para todos los seres humanos.

Desafortunadamente, no lo es. 

He pasado todo el día llorando por mi hermano mayor, él que no se escapó del entorno tan tóxico en que criamos. 

Lloro porque me topé con un post en la página Facebook de un primo mío. La primera frase es, “Cómo siento por mi primo. Le llevé a una boda familiar y todo el mundo estaba alegre de verle excepto su propia madre…”

Me pregunté por el post y me dijo que le había traído a la boda como su acompañante. Al verle allí, su “madre” le dijo que no estaba bienvenido y dijo a mi primo que no debería haberle traído. 

Mi primo, Dios le bendiga, le respondió que no era asunto suyo, que sí que era bienvenido como su invitado y que se callara la boca. Y – un dato importante – que ella parecía más borracha que mi hermano. 

Supongo que el “gatillo” del incidente debería ser el estado ebrio de mi hermano. Dios mío: quién se emborracha en una boda? Nadie, verdad? 

(Corrección: hablé con mi hermano esta noche y me dijo que no había bebido nada. Y que nuestros “padres”, que acababan de llegar a Wisconsin desde Florida, al verle en la boda, ni siquiera le saludaron excepto para decirle que no debería estar allí, y nunca se acercaron a él durante el resto el evento, creando una situación bastante bizarra para los demás, que por supuesto lo notaron y pensaron “WTF?”. Sin embargo, aunque por un lado quisieron hacer ver que mi hermano no existiera, nuestra “madre” no pudo resistir comentar a varios, mientras mi hermano estaba a unos metros de distancia, que él tenía un “aspecto de mierda”.)

Desde entonces, mi madre ha puesto a toda la familia en su contra. Lo único bueno de este incidente es que, por fin, hay testigos. Por fin, han podido ver exactamente quién es el monstruo. Y eso cuenta por mucho, como explicaré abajo; especialmente para mi hermano, tan frágil y con la autoestima por los suelos.

(El día después de la boda, tuvo miedo a llamar a mi tía, que acabó, allí en la boda, peleándose y furiosa con mi madre sobre lo mal que trataba a su hijo. Mi hermano estaba convencido de que la culpa era suya, que él había causado todo el mal rollo. Así es el poder de sus padres sobre él, hasta sus propias percepciones de la realidad. Ellos señalan, en una boda de 150 personas, que su hijo es una mierda, y él acaba creyéndolo.) 

Mi corazón rompe. Mi cena me sube. Mi sangre hierve.

La frase incrédula de mi primo me ha dejado marcado: “Qué fue del amor incondicional de una madre?” 

Al leer esa frase, instantáneamente me convertí en un extraterrestre, fundamentalmente distinta de los demás. Porque ese “amor incondicional de una madre” es algo que nunca conocí. Ni mi hermano. Es algo que vimos en las series de tele o las pelis. Algo que observamos en las familias de nuestros amigos, lo cual siempre me despertó una sensación de incomodidad desagradable, al enterarme en un golpe que eso era normal y era precisamente lo que carecía en mi casa. 

Amor incondicional de una madre? Que va. Al contrario: todos nosotros hermanos no sentíamos nada queridos, y pasamos nuestra niñez intentando caerle bien a nuestra madre.

Bueno, salvo mi hermano mayor, el protagonista de esta historia, que a partir de 12 años tenía poca oportunidad de ganarse el afecto materno, ya que mis padres le enviaron a vivir en una prisión juvenil en el norte de Wisconsin, hasta que se hizo mayor de edad… y tampoco volvío a vivir con nosotros. Pero esa es otra historia para otro tiempo…

Pero bueno. Te vas acostumbrando a lo que hay. Y entonces llega el día que te vas de la casa de los padres a vivir tu vida… y te enteras de la jodida que estás. Y si eres afortunada – y la fui – a lo largo de los años, encuentras métodos de curarte y perdonar a los que te dañaron. Y si eres muy, pero muy afortunada, ellos reconocen sus errores, y piden perdón, dejan de hacerte daño, y la vida sigue adelante y de maravilla. 

Pues he sido afortunada pero no muy afortunada. Me considero bastante curada, y definitivamente feliz, pero mis padres sólo han empeorado en su comportamiento. Y mi pobre hermano es menos afortunado. Nunca pudo superar el daño que sufrió de los malos tratos de la niñez — un contínuo abuso emocional que continúa hasta el día de hoy. 

La primera vez que vi reflejada nuestra realidad en el mundo mediático era cuando vi la serie “Dos metros bajo tierra”. Recordáis a Brenda y Billy? Los detalles son distintos, pero básicamente, su historia es nuestra.

Y como Brenda, siento un inmenso sentido de culpabilidad por ser la que se liberó.

La historia de mi familia es una tragedia. La etiqueto como una tragedia americana. La pesadilla americana, en contraste al sueño americano. 

Es una historia demasiado complejo, largo y atroz para tratar en este post. Algún día, si encuentre la fortaleza, y los huevos (no por hacerla pública, sino por cómo me afectará abrir esa caja de Pandora), lo contaré. 

Un amigo mío, un novelista madrileño (bueno, tangerino) de 70 y pico años y traductor durante toda la vida de la obra de Philip Roth, opina que algún día, tendría que contar mi historia, porque lo ve únicamente americana en su perversidad. Pero sólo al contárselo a él y a su mujer, en una vista a su casa, me entró un ataque de no sólo llanto, pero escalofríos, tanto que físicamente me costaba contarla por cómo castañeteaban mis dientes. Estábamos en su terraza en una noche calurosa de verano, pero buscaban una manta y me cubrieren con ella porque estaba helada de frío. 

Después sufrí un ataque de vergüenza que tardé un año en volver a contactar con ellos. 

En fin: algunas historias son horríficas. Pero todo es relativo. La mía, aunque parezca mucho más bestia que las historias de mis colegas mediterráneos, es mil veces más leve que las de muchos de mis colegas usanas. 

Para los que cargan con una historia de maltrato, quiero ofrecer mis ánimos. Y unas reflexiones personales. Pueden concurrir con ellas o no. Pero son reflexiones que son pocas veces apoyadas en el pensamiento (si se puede llamarlo así) popular. Puede que parezcan radicales a algunos. Pero mi vida ha sido bastante radical, y ha requerido medidas radicales para sobrevivir.

Uno: no debes absolutamente nada a tus padres. 

No pediste existir. No decidiste nada. Una vez naciste, fue la obligación de los que te crearon, como decentes seres humanos, criarte lo mejor que podían. Perfectamente? Claro que no. Pero lo mejor que podían. Sobre todo, quererte. Que no te querían? Lo siento mucho. Es algo que llevarás contigo durante toda la vida, un proyecto que durará tanto como tú. Buscarte maneras de llenar ese agujero y no sólo encontrar tu felicidad, pero ampliarla haciendo felices a los demás. 

Eso, ya sabes, es tu deber hacia tí. Te lo debes a ti mismo usar tu creatividad para encontrar un verdadero y constante camino a la felicidad. 

Yo lo encontré en la stand-up comedy; ahora en el flamenco. (Qué hay más opuesto al trastornado y bélico estado de mente estadounidense que el humilde y apenado flamenco?) Y generalmente en la belleza que me rodea, casi a todas horas, porque tengo la gran fortuna de haber podido escaparme a exactamente donde quiero estar: en mi barrio del centro de Barcelona, con mis shows, mis amigos, y los que gozan de mi arte. Olé. 

Pero para llegar a ese punto, de poder montar la vida que quería tener, he tenido que cortar con lo que me enferma. En mi caso, fueron mis padres. 

No quiero entrar en profundidad aquí ahora porque me desviará del propósito de este ensayo. Sumaré: mis padres tenían problemas psicológicos y filosóficos que, si hubiesen sido tratados, no hubieran acabado amargándoles la vida, y las vidas de muchos que tenían cerca (por supuesto, algunos también se han apartado).

Mi decisión fue terrorífica. Había soportado 15 años de abuso suyo. Pero llegué al momento de crisis, en que tuve que decidir entre ellos o yo. 

Continuando contacto con ellos tampoco les habría hecho felices. Nada les puede hacer felices excepto ellos mismos, con un cambio brutal de actitud hacia la vida en general. 

Pero claro que cuando me tomé la decisión, fui acribillada a lo largo de los años por amigos suyos, y familiares lejanos. Cómo podía hacer eso? No sabía cómo estaban sufriendo? Son mis padres; les debo absolutamente todo! Sin ellos, no sería nada! Qué corazón más frío tenía; qué hija más desagradecida, más mala, etc.

Claro, ellos sólo conocían la versión de los hechos que mis padres les contaron. Me trasmitían su indignación de buena fe, pero no se daban cuenta de que estaban siendo manipulados. Eran peones en la guerra eterna de mis padres, que siempre han reclutado a los demás para realizar sus ataques contra el “enemigo” de turno.

El punto de vista tan cliché de esos amigos siempre me hacía gracia. Me consideraban propiedad de mis padres, como un mueble? El hecho de haber salido de sus cuerpos les convirtió en mis dueños? El hecho de ser tu hija significaba que les “debía” mi vida, mi felicidad, mi sanidad? 

El sentido de responsabilidad era muy torcido. La hija era responsable por la felicidad de sus padres, pero los padres no eran nada responsables por su comportamiento hacia su hija. El respeto sólo iba en una dirección. Al final, quién eran mis padres? 

La respuesta: mis padres eran Dios.

Con el título de este post, quiero decir que solo por el hecho de habernos traído al mundo, nuestros padres no tienen derecho a nuestras vidas. No tienen derecho ninguno a nosotros. Si crees en Dios, pues es él (o ella) que tiene derecho a nosotros. Pero no nuestros padres. 

Ahora: si tus padres te han querido, cuidado, protegido, y todo lo demás que va con el amor, pues sería por pura decencia humana que les des todo lo que puedas en cambio. Pero no por algún sentido de deber sinsentido, ciego y borrego.

Y en el caso de tener padres como los míos, tienes que hacerte tu propio padre/madre. Ese padre y esa madre interior, los honrarás.  Los tratarás con todo el cariño y respeto que merecen. Igual como tratas con cariño, respeto y apreciación cada figura materna y paterna en tu vida. 

El mundo está lleno de buenos padres y madres, si sólo abres los ojos y la mente. Y dentro de poco, tú también te harás padre o madre de uno, dos o muchos huérfanos como tú.

Cuando me tomé la decisión de cortar contacto con ellos (y sólo contacto en directo, por teléfono o en persona; les dije que podíamos comunicarnos por escrito), intenté explicarles mi razonamiento, como si aún buscara su aprobación. “Es algo que hago por mi, no contra vosotros.”

Pero claro que no quisieron escuchar, ni entender. Su reacción era pura furia. Al dictar yo cómo iba a ser nuestra comunicación a partir de ese momento, tomé las riendas. Y mis padres no soportaban perder ese control.

Su respuesta era muy parecida a la de un novio que tuve hace mil años cuando viví en Texas, uno que me maltrataba físicamente y mentalmente. Cuando por fin le dije que me iba, contestó: “Tú sales por esa puerta, y lo vas a arrepentir.” Salí. Caminé unos 20 metros por el pasillo, bajé la escalera, y cuando llegué al parking, me sentí volar, y estaba tumbada con la cara al suelo. Me había empujado con tanta fuerza que dejó un morado en forma de su palma.

Hij@ de maltratadores: no debes nada a tus padres. Por su manera nefasto de tratarte, tus padres han abrogado de cualquier “derechos” que tenían a ti… lo cual no “tenían” en primer lugar, pero mucho menos tus padres, que han abusado de su poder en tu vida. Deja de pedirles permiso a ser feliz, a vivir. No te lo darán.

Tus padres no merecen nada de ti. Ni se trata de ellos, oye. Se trata de TI. Tu vida es TUYA, no es de ellos. Haz lo que tienes que hacer para sanearte y hacerte feliz. No te quedes sola. Busca otros modelos de padres, sustitutos de familia, y comparte tu felicidad con ellos. Extiende tu concepto de familia por todo el mundo y trasmite tu felicidad a todos los que encuentras. Se creativa. Acabarás sintiendo muy, muy afortunada y agradecida por esta vida que tienes.

Reza por tus padres, si crees en rezar y sólo si quieres. Si es demasiado doloroso pensar en tus padres, pues no pienses en ellos. Y no te sientas mal por ello. Da igual si pienses en ellos o no; no les puedes ayudar. Igual un día se sanearán, y mira: tú estarás estupendamente sano y feliz para compartir lo que queda de la vida con ellos.

Pero mientras tanto, disfruta tu vida igualmente, tal y como los buenos y verdaderos padres desean para sus queridos hijos. 

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