Perdida

Voy corriendo por la calle en camino a mi primera cita con el osteopatía. He estado sufriendo varias molestias: epicondilitis, túnel carpíano, adormecimiento en ambas manos. Y por supuesto me duele la espalda.

Llevo 5 o 10 minutos de retraso. Mientras cruzo la calle con el semáforo en rojo, me fijo en una figura humana tumbada en la acera.

Es una de esas perturbadoras escenas urbanas, surrealistas y descorazonadoras a la vez: un inmenso hombre de pinta latina parece intentar caminar a cuatro patas pero sin éxito. Ambas manos están en la acera, apoyando su peso. Pero sus piernas no tienen fuerza. Están plegadas debajo.

Aportando un pellizco de obscenidad a la escena, hay las numerosas figuras humans que circulan alrededor de este hombre y que no le hacen ni caso. Unos metros de dónde se agacha, la gente conversa y bebe cervezas, aparentemente contentos tener eso a la vista.

Me acerco a este hombre. Sus ojos no se enfocan. “Señor. Señor? Está bien?”

Es curioso: sólo cuando me paré a hablar con este hombre, los demás de repente parecían notar su existencia. Una muestra de sociología clásica. Dentro de dos segundos, un hombre joven aparece. Luego una mujer en ropa de oficinista. Entonces otro hombre sale de la tienda en frente a ayudar.

El hombre en el suelo murmura incoherentemente. El joven traduce: “Dice que está drogado”.

Este hombre es enorme: bastante alto y muy gordo, con una barriga que sobresale por debajo de su camiseta sucia. Cada uno agarra algo — un brazo, el tronco — y juntos, tiramos y lo levantamos.

Una vez hecho, sus pantalones se caen al suelo, rodeando sus tobillos. Allí se queda en medio de la acera, este hombrón en sus calzoncillos, incapaz de mantenerse de pie.

Entonces nos ponemos a mantenerle de pie y volver a colocar sus pantalones. No es fácil. Pero lo conseguimos. El joven, que tengo a mi lado derecho, me mira y deja escaparse una sonrisa — un “ji-ji, ja-ja” privado entre nosotros. Quizás fue por nervios. Pero me toca los cojones. La gente puede ser unos putos gilipollas, incluso cuando están ayudando. Miro por otro lado. Me siento impotente y triste.

Las piernas de ese hombre permanecen sin fuerza, como si estén rotas. No es capaz de activar los músculos para apoyar su peso.

“Qué hacemos?” digo. “Se va a caer al suelo.”

“No sé,” dice la otra mujer.

El otro hombre, él que no sonrió, sugiere al hombre drogado que se sienta y que descanse en el escalón de una puerta cercana. Rechaza la idea. Ya ha pasado por un montón para ponerse de pie. Volver a sentarse? No gracias.

Mientras discutimos las opciones, el hombre parece recobrar la compostura. No se cae. Consigo lentamente darle marcha atrás hasta que se apoya en la pared de una caseta del Once. Él no resiste. Una vez su espalda toca la estructura, me doy cuenta de que los demás se han largado. Estoy sola con este hombre.

“Estarás bien?” le pregunto. Sus ojos se enfocan poco a poco en mi cara. “Sí, estaré bien.” Extiende la mano. “Me llamo David,” dice, mirándome en los ojos. Le doy la mano. “Soy Raquel,” digo. “Cuídate.” Me despido y sigo corriendo a mi cita.

Deberíamos haber llamado la ambulancia. No se me ocurrió hasta después. Ves? La gente puede ser unas mierdas, incluso cuando está ayudando.

Siento mi pecho apretarse, pero no es por culpa de correr. Estoy tocada. Siento que voy a romper a llorar, como me ha estado pasando desde el inicio del otoño. Desde que decidí ponerme a desarrollar mi show Flamenguiri perdía como una obra de teatro — como un intento de contar mi autobiografía bastante jodida — vivo una volatilidad emocional. Una imagen o una memoria repentina de ciertos seres queridos desaparecidos provoca un llanto que aparece tan rápidamente como desaparece.

No me molestaría tanto si luego me sintiera mejor, pero no es el caso.

Es parte de la razón por que voy al osteopatía. Creo que el estrés de desenterrar estos recuerdos se está manifestando en mi cuerpo. Necesito ayuda. Pero joder, es mi primer día con este osteo y estoy llorando antes de llegar.

Es tan vergonzoso. Odio no tener control. Sigo pensando en este pobre, drogado hombre, torcido en la acera mientras todo el mundo le ignora. Me recuerda de cómo fui atacada en la calle por una loca descerebrada hace menos de una semana en esta ciudad. Mientras me daba puñetazos, dos tíos que no podrían haber tenido más de 35 años lo miraban y no se movían. “Ayudadme,” les gritaba. “Llamad la poli. Intervenid. Haced algo, cobardes!”

Uno de ellos respondió: “Si no quieres que te agreda, va por otro lado.”

Daba por hecho que eran amigos suyos. Qué razón tendrían para portarse así?

Pues sucede que no le conocían. Sucede que a veces la raza humana es pura mierda. Igual como la era para ese tío latino inmenso, tirado semiconsciente en la acera.

Había pensado que nada te puede hacer sentir más abandonada que sufrir en solitario. Me equivoqué; hay algo peor. Y eso sufrir en la presencia de otros seres humanos que se diviertan de tu dolor, que te miran con curiosidad como si fueras un pedazo de inmobiliaria callejera friki.

En ese momento, te das cuenta de que estás sola en este mundo. Te sientes absolutamente abandonada. Sientes que has descubierto una verdad elemental de la existencia. La verdad más negra de todas las verdades. La sensación es tan desoladora, sientes que estarás perdida para siempre.

Logré volver a ganar control antes de entrar en el despacho.

El oteo sale y se presenta. Es un hombre alto con una mirada luminosa. Me lleva a una habitáculo pequeño con una camilla. Cierra la puerta y dice, “Y cómo va todo?”

No puedo contestar Sólo puedo hablar de una cosa. “Pues acabo de toparme con un tío en la calle…” Y me echo a llorar. De puta madre.

El oteo me consola mientras le cuento la historia. Le digo que pienso que la gente es mierda y que he perdido la fe en ellos. Me dice que está de acuerdo, que él también piensa que la gente es mierda y que hace años él tiró la toalla. Y entonces empieza la sesión. Es muy buen osteópata. Tiene manos poderosos. Empiezo a relajar.

Después de 20 minutos, estoy como un fideo cocido. Pero entonces aprieta un músculo contraído cerca de mi cuello y la tristeza me abruma. Me sale un llanto y las lágrimas caen por cada mejilla.

“Ah! Deberías haber escuchado mi pregunta antes de que te la podía preguntar,” dice.

“Eh?”

“Digo que acabas de contestar mi pregunta justo cuando estaba para decírtela. Seguramente has leído mi mente.”

A ver, he venido a este tío porque otro osteo me lo recomendó. No me va ese rollo Nueva Era pero si quiere ponerse jipi y transcendental, no me importa. Me está dando un tratamiento genial y esta clase de habla es un precio muy pequeño pagar. Seguiré el rollo.

“Qué me ibas a preguntar?”

“Bueno, creo que ya sabes.”

“Venga,” digo, ya un poco harta del juego. “Dime.”

“Pues, iba a preguntarte: cuándo exactamente te diste cuenta de que estabas perdida?”

2 comentarios

  • Eres un ser maravilloso, Rachel. Y te doy toda la razón, la gente a veces es (somos) mierda. Ánimo con todo, por el camino has ayudado y estás ayudando a tanta gente con tus shows, que te mereces lo mejor.

    Mil besos!!!!

    Olga

  • I can sympathize with your feelings, but I also think that perhaps you are in one of those periods in which one tends to focus more on the negative aspects of the environment. It’s obvious that we are surrounded by these “sad” facts, and I’ve always thought that it’s better to acknowledge their existence, otherwise we would be stupidly naive. But there are also many encouraging experiences that offer some comfort and remind us of our “faith” in life and human relationships. I try to focus on them, without being completely “blind”. Anyway, I only wanted to congratulate you for the entry, but I ended writing a shitty self-help comment! Apologies for this.

    A big hug!
    Dave

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