Por qué dejé de hablar en inglés

Más de una década después de llegar a vivir a Barcelona, me doy cuenta de que el motivo de mi abrupto traslado desde Hollywood en 2004 no sólo se trata de la belleza de la ciudad, ni el carácter agradable de su gente, ni el buen clima, ni las oportunidades profesionales que se me presentaron. Ni siquiera el chico que conocí, con quien acabé enamorándome.

En aquel momento, sentía que era necesario cambiar de todo: cultura, continente, gente, e idioma. Especialmente el idioma. En el momento, no sabía por qué. Sólo sabía que quería hacerlo, urgentemente. 

Me casé con el barcelonés. Me incorporé a su vida. Me movía en círculos catalanes-españoles. Me hice amigos de aquí, de allá, y claro, de mi país también. Pero me negué mover en la “burbuja guiri” de ex-patriotas que no se integran, que no aprenden a hablar castellano o catalán y sólo se asocian entre ellos.

Empecé a actuar en seguida en castellano… y nunca en inglés. No me interesó nunca dirigirme al público guiri: ni los turistas, ni mis colegas de habla inglés que, como yo, se habían tomado la decisión de vivir aquí. Aunque tuviéramos mucho en común, no los quería como público mío. Tampoco sabía el por qué.

Sí, sabía que quería integrarme tanto como fuera posible a la cultura de aquí, de Barcelona. Por eso, quería actuar y llevar mi vida en castellano. Pero hubo algo más bajo la superficie. Algo que hizo que la idea de hablar inglés — a extranjeros de habla inglés como yo — me pareciera repugnante.

Cada oportunidad que tenía, hablaba en castellano. Mi entonces marido podía hablar perfectamente en inglés, pero me negaba a hacerlo. La regla en la casa era hablar en castellano. Así es como lo quería. Esta era mi nueva vida, y me dedicaba a construirla bien.

Cada semana, hablaba con mi tío, el hermano de mi padre. Éramos muy unidos. No hablaba con mis padres porque los dos eran maltratadores. Mi últimos años en estados unidos los pasaba “peleando” con ellos por teléfono, intentando arreglar una situation que no tenía remedio. Ya entendía que mis padres eran abusivos, pero aún no comprendía que nunca iban a cambiar, da igual lo que hiciera. Aún pensaba que había algo más que podía hacer, que aún no había pensado.

Aún no sabía que no podía arreglar nada entre nosotros. Sólo podría arreglar la situación para mi, apartándome de ellos.

Una vez me tomé la decisión a cortar contacto con mis padres, ellos en seguida exigieron a mi tío que cortara contacto conmigo como una muestra de “lealtad” hacia ellos. Él se negó rotundamente a hacerlo. Me quería mucho, y no creía que los problemas entre mis padres y yo debieran contaminar la relación nuestra. Entonces, para castigar a los dos, mis padres sometían a mi tío a cuatro años de bullying: un constante maltrato psicológico que no paró hasta que se murió de los efectos del estrés que le causaban, en 2009.

Esto es lo que pasa a menudo en relaciones abusivas: cuánto más la diana del abuso se aleja, cuánto más independiente se ponga, cuánto más éxito logra, cuánto más feliz que se ponga… más el abusador se siente el impulso — es más, el derecho — a joderle.

Y sabían que podían joderme, claro, jodiéndole a mi tío.

Los abusadores no aceptan tu autonomía. No la aceptan porque no te respetan. No te ven como una persona con derechos a paz y tranquilidad y alegría; te ven como propiedad suya. Te ven como un objeto a que tienen todo el derecho a hacer lo que les de la gana.

Sólo en 2015 me di cuenta de por qué me daba nauseas la idea de actuar en inglés.

Por qué no quise relacionarme con la comunidad guiri de aquí. Por qué no quise saber casi nada de la cultura norteamericana. Por qué, tristemente, dejé de escuchar a la comedia en inglés, los monólogos de mis propios colegas que se habían hecho famosos en la década desde que me fui.

El inglés me recordaba de todo eso. Todos esos años, aguantando maltrato. El objeto de mis maltratadores, una presa de su mundo, submergida en su mentalidad loca. Toda mi vida viviendo con una percepción torcida del amor, de lo bueno y lo malo, de quién soy, y de lo que valgo. (Las respuesta a la última pregunta: “Poco.”)

Venir a Barcelona desde Los Angeles y ponerme a actuar en castellano, a referirme a cosas de esta cultura, a establecer complicidad con la gente de aquí — una gente mucho menos agresiva, por cierto, que me ha tratado de maravilla — tuvo el efecto de coger una nave y despegarme hacia otra galaxia. Qué libre sentía aquí. Qué limpia. Qué sana. Qué … feliz.

Han habido investigaciones científicas sobre los positivos efectos psicológicos de aprender — y moverse en — nuevos idiomas. Uno de ellos es la formación de nuevas vías nerviosas en el cerebro.

Hablar en castellano y no en inglés provocaba una sensación de descubrimiento continuo. Al no dominar cien por cien el castellano, sentía un poco como una persona nueva: nuevamente niña. La sensación de ser principiante en algo puede sentir increíblemente inspirador. Es todo campo abierto en frente de tus ojos. Te sientes sin límites porque aún no conoces los límites. Hay un refrán Zen: “En la mente del principiante, las posibilidades son infinitas. En la mente del experto, son pocas.”

No es coincidencia que este es el lema del Anti-Karaoke, también.

Así que, viviendo aquí, moviéndome en castellano, actuando en castellano — y equivocándome todo el tiempo, incluyendo muy públicamente en el escenario — sentía una infinidad de posibilidades. De ahora en adelante, las cosas sólo podrían ir a más. No miraba atrás al pasado; sólo adelante.

Y “adelante” significaba “en castellano”. Inglés equivalía “atrás”. ¿Ya empieza a aclararse la cosa?

Lo que pasa es, en el invierno de 2014, estaba sufriendo aún de los efectos del abuso, para que nunca había recibido tratamiento psicológico. Estaba en un bajón anímico muy hondo, y me sentía muy inestable. Lloraba todo el tiempo. Mi cerebro iba a la mitad de potentia: no podía pensar, no podía planificar, no podía cumplir tareas. Apenas podía crear. Sentía que vivía dentro de una niebla.

Necesitaba psicoterapia, pero no encontraba el terapeuta adecuado en Barcelona. La última vez que fui a ver a una terapeuta — una psiquiatra, cuyos servicios pagaba mi seguro médico — se puso a reprimir risas mientras le contaba mi historia. Y no creo que mi historia era divertida, porque estaba llorando.

Pensé, “Qué pasa con esta hija de puta, que se ríe mientras le cuento mis penas, llorando?”

El final de la visita, reveló que me reconoció del Anti-Karaoke. “Te he visto dos veces en Apolo,” dijo.

Pues muy bien. Todo un halago. Pero… dónde cojones podría encontrar la ayuda que necesitaba? Ese encuentro me hizo sentir como un dibujo animado: algo que la gente ve en la tele, a que se echan unas risas, y entonces olvidan. 

Sentía sin esperanza.

Entonces empecé a buscar respuestas en internet. Y asi llegué a conocer una comunidad de gente que ha sufrido la misimísima clase de abuso que sufrí yo. Son personas, de todo el mundo, que graban videos simplemente contando los hechos, y analizándolos, clínicamente, con el fin de superarlos.

La primera vez que vi estos videos, pasé 12 horas seguidas — toda una noche despierta — metida en esa comunidad. Las similitudes entre nuestras historias eran escalofriantes. A veces veía a una persona, de otro parte del mundo, contando mi historia. Era flipante.

Pasé unos meses hablando con esa gente por comentarios en sus videos y mensajes privados. Y un día decidí: voy a contar mi historia también.

Y lo hice. En inglés. Por un lado, porque esa comunidad, a que quería unirme, comunicaba en inglés. Por otro, ya que había establecido una identidad sólida aquí en España, y una carrera basada en la imagen que proyecto de cómica/entertainer, quería protegerme de descubrimiento mientras pasaba por ese delicado proceso. Lo necesitaba así para que sintiera cómoda y segura contándolo todo, tal cual, sin ansias de ser juzgada.

Por lo tanto, quería proteger mi vida de aquí — mi nueva vida, sana y limpia, además mi vida profesional —de la porquería de mi pasado. De una manera, la comunidad online se sustituía al psicoterapeuta. Quizás suena triste, quizás suena loco, pero era el sitio donde encontré, por primera vez, validación… y no sólo a través de uno, dos, or tres personas. Sino, miles.

Un año después, ha cambiado mucho. Para empezar, me encuentro mucho mejor. Sí que tengo días tristes, pero ya no sufro ataques de llanto al azar. Ya no vivo en ese bajón continuo, envuelta en esa niebla cerebral que me dejaba atontada y sin fuerzas. He afrontado muchos de mis miedos, y he puesto fin a relaciones y situaciones insanas. Estoy aprendido a prestar atención a mis límites, e imponerlos cuando sean vulnerados. He puesto en práctica técnicas para ordenar mi vida. He aprendido a pedir con más frecuencia y menos vergüenza lo que quiero. El resultado es que estoy consiguiendo un montón.

Y todo eso es el resultado de enfrentarme a mi pasado. A abrir la boca y soltarlo. A discutirlo con otros que lo entienden, que me ayudan a entenderlo también, y quitar su peso de encima.

Y lo hice todo hablando en inglés. Donde antes inglés era la idioma opresora, ahora se ha convertido en un idioma liberadora.

Pero estos dos idiomas, como nunca antes, señalan a mi doble vida.

Por eso creo que ya es la hora de empezar a actuar en inglés, además del castellano. Lo haré el finde de la semana que viene, en frente de público guiri… uf!

Han sido 12 años.  A ver qué coño pasa.

Una cosa más:

Que sepáis que todo esto he escrito primero en castellano, que sigue siendo mi “lengua de seguridad” cuando se trata del abuso. O sea, cuando sé que voy hablar de estos asuntos públicamente, en mi blog, las ideas salen naturalmente de la cabeza en castellano, no en inglés. No es algo que decido; pasa así. Curioso, no?

Pero ahora sé por qué: porque antes de cortar con mis maltratadores, utilizaban mi blog para acosarme. Cuando leían cosas que no les gustaban — opinions políticas que no les gustaban, como mi oposición a la guerra en Irák; confesiones sobre mis negros estados mentales o mis comportamientos auto-destructivas, o historias de cosas que habían pasado entre ellos y yo —  me bombardeaban con emails o llamadas de teléfono intimidates.

Reclutaban a otros familiares a hacer lo mismo, que es una típica táctica de maltratadores. El objectivo es crear un equipo de gente en tu contra, aislarte y aplastar tu voluntad y confianza. Es una táctica muy eficaz, porque la víctima ya se siente aislada y con poca confianza. Entonces añadir esa presión extra, además la humillación de, de repente, encontrarse con una cantidad de amigos y familiares atacándole, causa mucha angustia. Y en mi caso, el desafortunado resultado era que rendí, y acabé borrando mis propios escritos, mis propios pensamientos, de mi web.

Los comunicados de mis acosadores sangraban rabia y desprecio. Ni podían disfrazar sus demandas como cariño o preocupación “por mi propio bien”, porque todo se trataba de ellos, de cómo el asunto les hacía quedar. Yo no les importaba un bledo, excepto respecto a cómo lo que hacía afectaba su imagen. Tardé años en descifrarlo, aunque la verdad siempre estaba allí, mirándome en la cara.

Era Orwelliano. La primera vez que este “blog-policing” sucedió, ya vivía al otro lado del país de ellos. Las siguientes, vivía tras un océano, en Barcelona. Me había trasladado tras un océano a otro continente, donde no podían accederme físicamente… pero ellos aún estaban en mi cabeza. Se habían instalado allí como un virus.

Finalmente, empecé a auto-censurarme. Cuando tenía ganas a expresar un pensamiento, primero pasaba por un filtro de “Qué pensarían ellos?” o “Qué me harían si leyeran esto?” No sorprendemente, mi cerebro, cargado de tantas ansias, se ralentizó. Escribía cada vez menos. Y mi blog nunca fue igual como antes.

Por eso empecé a escribir en castellano. Si estaba en castellano, estaría “escondido” de ellos y sus monos voladores. Escribir en castellano me permitió sentir como estuviera volando bajo el radar de los ojos del Gran Hermano. De hecho, hay algunas entradas en mi blog que sólo aparecen en castellano, y esa es la razón.

Pero esta vez, y en adelante, saldrá en ambos idiomas. Porque ya no tengo miedo a lo que harán cuando se encuentren con mis palabras. Ya no necesito el permiso de mis acosadores a contar mi propia historia. Y no me importa lo que pensará la gente que no me apoya, porque las opiniones de los que abogan por el sufrimiento silencioso no me importan un huevo. Esa gente tiene sus propias intenciones, que no tienen nada que ver conmigo y todo que ver con su propia lucha interna. 

En fin: ya no huyo de nadie.

Mi pregunta ahora es:

¿De quién huyes tú?

¿Por qué?

inglés

Con mi tío.