Rachel Arieff: Entrevista en El Periódico

Rachel Arieff: “El Vaticano y los poderosos siempre son carne de burla”

Cómica, cabaretera ‘underground’, pianista. Una oportuna mirada ácida sobre el mundo.
OLGA MERINO

Lunes, 23 de junio del 2014

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Foto: Joan Puig

Norteamericana nacida en Milwaukee, en lo que ella llama «el medio oeste jondo». Mordaz e irreverente, Rachel Arieff tiene en cartel dos peculiares espectáculos:Anti-Karaoke (sala Sidecar) y Coñólogos (Gipsy Lou).

-Mi abuela era noruega, mi abuelo alemán y el otro ruso… Soy una mezcla, como Norteamérica. Mi padre vendía carpintería de aluminio, mi madre era ama de casa y yo les salí artista; digamos que fui una sorpresa.

-¿Cuándo descubrió su vena cómica?

-Desde niña. Siempre fui hippy y nerd (rarita). Una vez, en clase de gimnasia, tenía que vestir leotardos y preferí ponerme unos calzoncillos de hombre que había teñido. Supe que era artista no porque acudiera a clases de ballet y música, sino por mi forma de pensar. Me sentía encadenada en casa, en el colegio, en el grupito de chicos. Todo me parecía demasiado conformista.

-Pero se puso a estudiar Políticas.

-Sí, empecé muy formalita; a los 14 años supe del imperialismo de mi país y me molestaba lo que hacía en el mundo. Pero luego me dediqué al baile porque tenía bulimia, me engordé mucho y quería perder peso.

-Vaya…

-No era feliz ni había descubierto mi camino. Todos somos presos del ambiente en el que hemos nacido hasta que podemos liberarnos. Los artistas necesitamos quitarnos los corsés, experimentar. Sentí que mi sitio estaba en otro lugar.

-E hizo las maletas.

-Empecé en Texas mi carrera como comediante de stand-up. Y luego viví en Nueva York: por el día trabajaba como secretaria en una de las Torres Gemelas, disfrazada de ejecutiva y, por la noche, actuaba en garitos. Cogía la rabia, el odio, y les daba la vuelta: eso es la comedia ácida.

-Y al final, recaló en Barcelona.

-Ya me había prendado durante un viaje con el instituto… Sentí que en esta sociedad había amor y belleza, aunque ahora suene a cliché. Y aquí estoy, desde el 2004, haciendo comedia, componiendo música y estudiando flamenco.

-¡No me diga!

-Sí, cante y baile. Empecé a escucharlo el verano pasado; con Camarón, por supuesto, y ahora estoy preparando un show de flamenco-guiri . Ya he elegido mi seudónimo artístico: la Terremoto de Milwaukee.

-El nombre promete. ¿Qué le resulta más apetitoso para un gag?

-El Vaticano parece pedirlo a gritos porque es una de las empresas más corruptas del planeta, aunque el nuevo Papa da señales de esperanza. Los poderosos siempre son carne de burla.

-Le molesta la etiqueta de underground.

-No, com vostè vulgui. Intento salir del underground, de lo marginal, pero me aburro. Hice pelis y series de televisión en EEUU y estaba en el camino de una carrera exitosa, pero no podía dedicarme al ciento por ciento. No puedo ser actriz.

-¿Por qué?

-En EEUU había papeles horribles para las mujeres. Y si eres rubia, ni le cuento: «¿Qué tal, cariño? ¿Cómo te ha ido el día? ¿Te preparo un bocadillo?» Nunca olvidaré lo que me dijo una profesora de arte dramático, exmujer de Jack Nicholson: «Si quieres dedicarte a esto, piensa que tu trabajo será convertir la mierda en algo decente».

-¿Vota en las elecciones de EEUU?

-Sí, suelo votar. Para los progresistas era mejor tener a Obama en la Casa Blanca que a George Bush, pero al final ha sido una decepción. ¡Lo ha vendido todo!

-Aquí se nos avecina un otoño caliente.

  • -Ya… En la cuestión independentista no soy particularmente pro, pero todo dependerá de los cambios que hagan, de cómo afecten a mi vida.

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